Cuando Bonnie conoció a Clyde Barrow ya estaba casada y separada de otro hombre. Clyde ya había pasado por la cárcel. Los dos eran de familia pobre y sólo tenían por delante un futuro de trabajo en los campos de algodón ¿Qué podían perder? A Clyde le encantaba conducir locamente cientos de kilómetros al día. No conocían la palabra excedente. Vivían en una juerga continua, entre alcohol, drogas y escarceos sexuales en los asientos de sus vehículos. Clyde tenía el dedo flojo cuando había un gatillo cerca y no necesitaba que la cosa se pusiera excesivamente fea para moverlo, y Bonnie era muy capaz de rematar a un poli herido en el suelo, con la misma mano con que escribía sus poesías.